Por María del Carmen Almendras / LA RAZON.- José Saramago, en su Último Cuaderno, dedicó un par de páginas a un episodio infausto de la historia chilena, de 1907, relativo a la huelga masiva de trabajadores en protesta por las condiciones infrahumanas y de extremos insoportables a las que estaban sometidos en la extracción del salitre, obteniendo por respuesta la represión de las fuerzas militares que tiñó de sangre al colegio de Santa María de Iquique, en el que se hallaban congregados. El Archivo Nacional de Chile señala que los datos oficiales dan cuenta de 126 muertos, pero la memoria social mantiene que son 3.600 personas fallecidas, tal como lo expresa la Cantata de Santa María de Iquique, compuesta por Luis Advis e interpretada por el grupo musical chileno Quilapayún.

Una mayor indagación de aquel episodio histórico conduce a la actuación del cónsul de Bolivia de entonces, Arístides Moreno, quien enterado de los movimientos militares, el 21 de diciembre de 1907, se dirigió apresurado al encuentro de sus compatriotas reunidos en el Colegio Santa María, en Iquique, para advertirles de manera vehemente del peligro que acechaba.

“Vengo a decirles que el que se quede en la escuela morirá. La muerte llegará a las tres de la tarde… No sé qué hora es, pero todos ustedes deben marcharse en el acto. ¡Partan por amor del cielo!”, imploró en vano. La respuesta de los trabajadores bolivianos en huelga fue categórica, “con los chilenos vinimos, con los chilenos vamos a morir. No somos bolivianos, ni peruanos, ni chilenos, somos obreros”.

Esa expresión empapada de conciencia de clase, pero sobre todo de hermandad regional, guarda sintonía con el pensamiento de los libertadores y de los grandes intelectuales de principio de siglo, como Enrique Rodó, Francisco Bilbao, Tórrez Caicedo, Haya de la Torre, José Carlos Mariátegui, Manuel Gálvez, Manuel Ugarte, que salvando planteamientos particulares, sostienen, como común denominador, la necesidad de la cohesión identitaria y la unidad latinoamericana, para que emerja como entidad autónoma frente a intereses foráneos expansionistas, superando los patriotismos aldeanos que frecuentemente fueron enarbolados por élites minoritarias.

Desde entonces, muchos fueron los logros alcanzados por los procesos de integración regional, no obstante continúa siendo uno de los grandes desafíos de Latinoamérica y Sudamérica en particular, el asentar sus mecanismos de integración con eficiencia, continuidad y sostenibilidad, superando excesos de nacionalismos, de retórica y de ideologización; a lo que habría que añadir que una integración efectiva también requiere de la buena vecindad de todos sus Estados miembros, sin que existan asuntos pendientes entre naciones.

En esa orientación, de construcción de “Patria Grande” y ya no solo en clave bilateral, surge como imperativo del momento histórico actual, la restauración de confianza mutua, como condición necesaria de la recomposición de relaciones diplomáticas entre Bolivia y Chile. Para tal propósito se vislumbra un escenario propicio, máxime si el presidente electo de Chile, Gabriel Boric, ha manifestado la voluntad de iniciar una nueva etapa de acercamiento y relacionamiento constructivo entre ambos países.

Es de conocimiento general que la confianza mutua constituye el elemento central de unas relaciones bilaterales estables y pacíficas, que supone transitar por un proceso exigente, frágil y que requiere de una gran voluntad política, a la vez de un despliegue de acciones diplomáticas especializadas que tienen que moverse de manera prudente, antes de hacerse públicas. Ese es el terreno fértil para un relacionamiento cimentado en el respeto mutuo, en la cooperación complementaria, con una agenda compartida, horizontal e irrestricta, que posibilite a las nuevas generaciones mayores beneficios, fruto de una relación fraterna, más aún entre países unidos de por vida por una frontera.

Y cuanto más se conoce los lazos naturales cultivados, por ejemplo, entre los pobladores del norte chileno y del occidente de Bolivia, entre el sector académico y cultural, entre el empresariado, en fin, entre las sociedades de ambos países, se refuerza esa visión positiva de futuro.

Ojalá un día, no muy lejano, podamos parafrasear a los mineros de 1907: “no somos bolivianos, argentinos, brasileños, colombianos, ecuatorianos, venezolanos, uruguayos, paraguayos, peruanos, o chilenos…, somos ciudadanos suramericanos”.

María del Carmen Almendras es abogada y diplomática; fue vicecanciller.