¨Mi padre decía que nunca había conocido a un boliviano mendigo y elogiaba su esfuerzo¨

Por Daniel Gigena/La Nación/Buenos Aires.- Aunque crecí rodeado de italianos, paraguayos, españoles y bolivianos, la palabra «extranjero» llegó tarde al léxico personal. Cuando eso pasó, lo hizo de una manera noble. La palabra designaba un lugar más que un individuo o un grupo de personas. «Vienen del extranjero», decía mi madre cuando las hermanas y los hermanos de su madre, es decir, sus tías y tíos, viajaban desde un pueblo de Italia hasta otro de la Argentina.

Se hacían planes para recibir a los extranjeros: se acondicionaban los cuartos donde dormirían, se preparaban banquetes y una comitiva en absoluto improvisada se encaminaba hasta el aeropuerto de Ezeiza para ir a recibirlos. Los extranjeros hablaban en lengua extranjera, a la que yo solo conocía de escuchar a mis abuelos cuando hablaban entre ellos o con otras personas mayores. Los extranjeros eran bilingües.

Agasajados por los parientes que vivían en la Argentina, y que habían formado familias con argentinos en muchas ocasiones, aquellos extranjeros llegaban con «presentes». Los regalos solían ser comestibles: turrones de almendras y avellanas (con nombres cómicos en lengua extranjera), chocolates, galletitas de manteca envasadas en latas con firuletes dorados y, para los adultos, bebidas alcohólicas con colores fluorescentes y aromas embriagantes. La valija repleta de regalos que llegaba de Italia volvía repleta de regalos de la Argentina. Los extranjeros eran generosos.

Mientras mis padres trabajaban y ya no estaban los abuelos maternos para hacerme compañía a la salida del colegio, la madre de unos amigos del barrio nos esperaba con el almuerzo y la televisión encendida. Su casa era la tercera de un pasillo de casas pequeñas; todas compartían el mismo gusto por las cortinas coloridas de tiras de plástico en la entrada. Una brisa leve movía las tiras. Con mi familia habitábamos la segunda de esas casas. En la mesa del almuerzo preparado por la madre de mis amigos probé por primera vez sopa paraguaya, chipá y pastel de mandioca. (Ella también era bilingüe.) Los extranjeros eran solidarios.

Mi padre siempre decía, a veces a cuento de nada, que nunca había conocido a un boliviano mendigo. Elogiaba el esfuerzo que hacían en las quintas vecinas a la avenida General Paz, del lado de provincia. Al comienzo trabajaban para los quinteros portugueses, pero pronto empezaron ellos a ser dueños de su propio trabajo de agricultores. Los chicos divertidos y charlatanes se volvían jóvenes inmutables y perseverantes que cosechaban aquello que comíamos. Muchas veces, regresaban a Bolivia a formar familia. Los extranjeros eran necesarios.

Mucho tiempo después, leí varios libros con la palabra «extranjero» en el título. El más impactante, qué duda cabe, había sido escrito por Albert Camus. En El extranjero, un personaje con nombre propio asesina a «un árabe» anónimo en una playa, a sangre fría. En la novela, el desarraigo del protagonista proyecta un tipo de extranjería violenta y hostil. Más tarde, en un ensayo escrito por Julia Kristeva, ella también extranjera en un país anfitrión, leí una hipótesis sobre la condición de los extranjeros que no deja de tener actualidad.

«Está surgiendo una comunidad paradójica formada por extranjeros que se aceptan en la medida en que se reconocen extranjeros para sí mismos -escribe Kristeva en Extranjeros para nosotros mismos-. La sociedad multinacional sería así el resultado de un individualismo extremado, pero consciente de sus ansiedades y de sus límites, en que no se incluirían más que irreductibles dispuestos a ayudarse en su debilidad, una debilidad cuyo otro nombre es nuestra radical extranjería». Quizás en un futuro el grado de evolución de una cultura se definirá por el modo en que cada sociedad trata a los extranjeros.

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